LA RESA DEI CONTI
por Jesús Cortés



A la caza





Tercera película de Sergio Sollima y uno de los emblemas del western europeo.

La tendencia a dar protagonismo, arbitrariamente, a la suciedad, a la violencia, al sexo y al humor menos sutil, empleando para ello zooms y ralentís, haciendo que los tamaños de plano se atropellasen los unos a otros y contando con una banda sonora tan estridente como naive, esto es, la deriva habitual en el subgénero continental del más americano de los arquetipos fílmicos, aparece en La resa dei conti con una cierta contención y tienen una importancia relativa dentro de una trama familiar para cualquier aficionado, la itinerante y a menudo iniciática del cazador de recompensas.

No por contener atenuados esos elementos “tergiversadores” se convierte La resa dei conti en un film señero, por ser un hermano mayor, menos maleducado y algo “chapado a la antigua”, de tantos films descarriados por la medianoche de los años 60 en busca de un cadáver joven – pero feo – que les permitiera al menos distinguirse de sus ancestros. Sollima simplemente rueda con dinamismo, heterodoxia y la irreflexión que traían los nuevos tiempos, una historia episódica aunque siempre con alicientes, como solían ser las de muchos buenos westerns desconocidos de otras épocas.

Pese a sus discretas cualidades y pensando en la proverbial ausencia de tradición en adaptar el género americano por excelencia al cine del viejo continente hasta estas avanzadas fechas de colapso de grandes estudios y búsqueda de escenarios alternativos en Italia y España, puede verse a La resa... como una pequeña rareza y vislumbrar variaciones curiosas sobre temas conocidos. Asuntos estéticos o de tratamiento de ambientes como esas caravanas de mormones que parecen pasolinianos (y no del mejor Pasolini ciertamente) o un México más genuinamente centro o sudamericano que “chicano”, aparecen junto a apuntes sociológicos, políticos o morales que recuerdan que a la vuelta de pocos años, en las décadas finales del siglo XIX y la primera del XX, llegarán en tromba italianos, chinos, polacos, suecos, irlandeses y demás a Estados Unidos para cambiarlos para siempre.

Aquí digamos que “ya han llegado”. Los caciques parecen de la Mafia; los fugitivos, espaldas mojadas; las mujeres, pin-ups nórdicas o centroeuropeas.

Contra el pasado, su iconografía y su infinita gama de matices nada podían tener estas películas a poco que sus directores, como era el caso de Sergio Sollima, lo conocieran bien y no se dedicaran a dilapidar mucho de lo más valioso, por puro vicio. Nada tan audaz, divertido e ingenioso como tantos films de George Sherman se facturó en estos años. Una cuestión distinta era la muy poco flamante visión de Estados Unidos y sus mitos, pero no desde la ironía soterrada o la astucia del inmigrante – alemanes y eslavos a la cabeza – para deslizar un nuevo punto de vista, sino desde la lejanía.

Las razones, geográficas e históricas básicamente, que actuaron de barrera para preservar el género dentro de los límites del territorio americano – y que no existieron cuando se trató de adaptar otras disciplinas populares y muy desarrolladas en Hollywood hasta convertirlas en distintivas de su producción, como el cine negro o el musical, con diferentes retrasos y múltiples particularidades nacionales – se retuercen sobre una gama muy amplia de actitudes que califica por sí misma a los cineastas que tomaron un relevo en sí mismo bastardo, pues aún se produjeron grandes westerns en su país de origen, los más desencantados de su historia.

El sentido del humor (que también fue virtud de algunos viejos cineastas pero no un recurso tan habitual entre las películas de vaqueros) o el atrevimiento para afirmar la prodredumbre de muchos conceptos no valida la confusión y el superficial entendimiento de cómo funcionaba una sociedad ni la miopía de muchos nuevos cineastas que no vieron – porque nunca se escribieron en titulares – la rebeldía, la corrupción, la incorrección política, el odio y el deseo, la brutalidad de una conquista, la ambigüedad moral, etc. y decidieron que ya era hora de gritarlas, restregarlas, sacarlas de debajo de la alfombra como haría quien cree haber destapado la mugre de un Imperio.

Sollima da un paso atrás e inteligentemente pone en primer plano un bucle de duelos que deja al fondo lo que fascinó a otros.

Así, por las tierras peladas de Almería, la cacería emprendida por Jonathan Corbett (Lee Van Cleef, en su segunda vida, inimaginable poco antes, como protagonista) para atrapar a este mamarracho de Cuchillo Sánchez (el cubano Tomas Milian, que venía, no menos inopinadamente del Actor’s Studio, Broadway y Jean Cocteau), se estiliza de tal forma que se puede permitir no tener patentemente referencias.

Estos cineastas europeos no fueron los primeros cinéfilos, pero sí los primeros a los que les quedó únicamente el cine. Al menos una generación anterior (Fuller, Aldrich, Ray, Penn...) ya tomaron prestadas tantas cosas del territorio y sus mitos como de lo que los directores anteriores hicieron con ellos, pero la tierra y la Historia seguían siendo las mismas y cuando se localizaba una película alrededor de los Grandes Lagos se seguía respetando que ese fue el hogar de los Sioux y no el de los Apaches y cuando nuevamente cobrara vida en la piel de cualquier actor el mítico Jesse James, difícilmente podía dejar de mirarse de nuevo a la Guerra de Secesión.

Para Sollima, Leone, Corbucci, Valerii, Tessari, Castellari, Martín, Romero Marchent y compañía, la única base eran las películas de otros. Ningún cineasta italiano ni español integró la “brigada” europea que filmó westerns en Hollywood en los buenos años, más de uno de esa lista anterior nunca llegó a pisar los Estados Unidos, ni alternó con más veteranos en el género que los cineastas americanos que vinieron a probar suerte en “sus” tierras, que además de que rara vez venían con más de un puñado de hombres de confianza, prácticamente nunca rodaron westerns en Europa.

Y, supongo que aún más importante que todo eso, lo decisivo fue cuáles de esas películas clásicas o de reciente éxito gustaban a los productores y qué aspectos entendieron como más comerciales quienes se arriesgaron – con “subvenciones” o no – a recrear en Almería o Cinecittà los pueblos o los ferrocarriles que sirvieron para civilizar Estados Unidos. Salvo por un muy reducido grupo de films ampliamente conocidos y recordados (Stagecoach, Shane, High Noon, quizá Fort Apache y algún otro) prácticamente nada anterior a 1955 o 1958 de lo filmado en USA incumbía a las películas (ni los espectadores, ávidos de, como mínimo, las novedades de The Magnificent Seven) que se produjeron en Europa en esta década y media de auge que bruscamente se apaga hacia 1973, coincidiendo con la aparición de una auténtica horda de nuevos iconos del submundo cinematográfico de los años 70: Bruce Lee, los inefables detectives John Shaft y Johnny Wadd, las muy duras Coffy, Cleopatra Jones y Foxy Brown, el entrañable Blacula, Antonio Fargas, el camello Priest, Yu Wang, Marilyn Chambers y Linda Lovelace, la pandilla de Car Wash...



 

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