JULES VERNE’S 20000 LEAGUES UNDER THE SEA
por Miguel Marías





Cualquiera que haya leído por vez primera la novela de Julio Verne en que se basa esta película de niño, en una edición que forzosamente sería de sus padres o abuelos, o ya más lejanos antepasados todavía, quedaría fascinado por las ilustraciones no acreditadas, cuya firma parece unas veces Gildebrand y otras Hildebrand, desde entonces tan inseparables del libro como los portentosos dibujos (del propio autor en este caso) de George du Maurier que sirven de trampolín a nuestra imaginación en sus novelas Trilby y Peter Ibbetson. Era, pues, una dura prueba la primera tentativa de filmar en color y anchísimo CinemaScope (el de los primeros tres años tenía unas proporciones de 2,55x1, luego rebajadas a 2,35x1); imagino que el hecho de que fuese Walt Disney el productor alentaría suspicacias (aún hoy tiene detractores que ignoran su obra), pero como era, a fin de cuentas, un dibujante, tuvo el acierto de encomendarle la dirección a Richard Fleischer, hijo y sobrino de Dave y Max Fleischer, grandes creadores de dibujos animados como los de Popeye. Era su primera película importante, de muy elevado presupuesto y encima muy complicada, sobre todo con los medios técnicos disponibles en 1954, hace 60 años, pero tuvo la perspicacia de no hacer ni un dibujo animado ni un comic, sino de tomar como punto de partida los grabados de las ediciones antiguas de Verne, y de reunir un estupendo reparto (con James Mason como inolvidable y melancólico Capitán Nemo, además de Kirk Douglas y Peter Lorre) y un no menos fundamental equipo técnico. Todos ellos fueron capaces, sin copiar, de emular en nuestra fantasía los grabados de los libros y de dejar huella imborrable en nuestra memoria, de modo quela sola mención de la cifra 20.000 o de la palabra (hoy en desuso) leguas, sin llegar a viaje ni a submarino, evoque de inmediato dos series de imágenes: las del viejo y casi anónimo ilustrador y las creadas a las órdenes de Fleischer en 1954.

 

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