¡HANOI ROCKS!
por Jesús Cortés


Escrita por dos especialistas en historias de grupos, pandillas y bandas tan poco prolíficos como Robert Dillon y David Shaber, Flight of the Intruder es la última de las películas de John Milius que pasó por los cines, recién finiquitada la década de los 80, a la que se diría que aún pertenece.

Frente a la épica, el drama y el aspecto imbricado y misterioso de su film previo, Farewell to the King, Flight of the Intruder, que salta más de veinte años hasta el siguiente gran conflicto bélico en que se vio envuelto Estados Unidos, la Guerra de Vietnam, parece un divertimento complaciente y maniqueo.

Interesado siempre por los grandes cambios, las situaciones donde no queda más remedio que decidir qué vida se quiere vivir, quién se quiere ser cuando todo se desmorona o ensombrece - como en esa citada Farewell to the King o en Big Wednesday, sus grandes películas y también en cualquiera de las no tan grandes o sólo interesantes que hizo - se entiende mucho mejor el propósito de un film como este simplemente pensando que a Milius la guerra, en sí misma, le importa un bledo.

Le llama la atención a lo sumo cómo afectan la presión del combate (inútiles escarceos, incursiones rápidas que contrarrestaban el nuevo tipo de guerilla diseminada y por sorpresa puesta en práctica por los vietnamitas) y las vanas órdenes recibidas por estos pilotos y las relaciones que entre ellos se establecen, pero sobre todo por qué se toma partido, qué hace reaccionar a sus personajes, fraternales por naturaleza, pero sólo con quienes ellos eligen.

Así, no hay rastro de militancia ni de patriotismo, de propaganda o imperialismo, ni una acción ejemplarizante ni “corporativa”, sólo la rebeldía y la venganza inconscientes, suicidas, provocadas por el hecho de tener que cumplir misiones secundarias en las que sus iguales mueren estúpidamente: ni más ni menos que la antítesis de ese fascismo indemostrado y malicioso del que le venían acusando - a él precisamente, que si creyó en algo en su vida fue en el individualismo y gustaba declararse anarquista - desde que su nombre se hizo famoso a finales de los 70.

Con ese libreto pensado por otros, que no era su costumbre, Milius, a millas del realismo “in your face” de Fuller y a una distancia aún mayor de films “de reclutamiento” como el blockbuster Top Gun (Tony Scott, 1986), conduce el metraje de Flight of the Intruder, relajada y humorísticamente, despreocupado por la trascendencia de la muerte o la derrota hasta que se activa su mayor baza narrativa hacia la mitad del film y amaga desde ese momento con una moraleja “seria” o un discurso altisonante, que por supuesto nunca llegan.

Milius, afortunadamente, no pone en marcha mecanismo alguno para esconder que sus personajes son, en su mayoría, unos jóvenes soldados probablemente con poca cultura, vulgares o corrientes sin esas circunstancias que les rodean, con poca experiencia vital, no grandes lumbreras ni héroes que deban encarnar en una mirada o un gesto - si el director confía mucho en los actores o, si no tanto, los pueda utilizar como vehículos para sus importantes intenciones - el peso de conceptos y reflexiones como los que abruman y abusan del espectador en tantos films de temática bélica.

Es, de este modo, uno de los mejores retratos de fondo posibles de su autor, un fanático de los westerns de Serie B, que nunca aspiró a decir grandes frases pese a ser escritor (a diferencia de la mayoría de sus colegas de generación), alineado sólo consigo mismo, alguien que sin embargo, y quizá por esto último, soportó como pocos el peso de ser considerado un outsider en el hipócrita Hollywood.

Esta guerra a la que no le dejaron ir, es en sus manos un asunto hawksiano, algo a lo que se entrega de antemano el destino, que comporta multitud de problemas y riesgos (a cambio de una única compensación: la pertenencia a una empresa entendida como noble), pero algo de lo que no se tiene control alguno porque no se detiene ante nada y sigue su propio curso relegando - a veces por puro disfrute o ensimismamiento en la tarea - todo lo propio o personal a un lugar secundario, ajeno y hasta externo.

Cuando los tenientes Grafton (Brad Johnson) y Cole (Willem Dafoe) deciden saltarse las rutinarias órdenes que están costando las vidas de sus compañeros y se prende la mecha de un giro - inútil pues la contienda estaba casi perdida - que al menos les hará recobrar el orgullo, se afila la planificación y de entre las ráfagas de metralleta y los misiles antiaéreos emerge el gran director de cine, el que es capaz de contar algo devolviendo a una de las funciones de su oficio, ya por entonces perdidas, un sentido estricto: filmar eficaz, certera, aplicada y hasta entusiastamente una pequeña victoria sin importancia alguna en una contienda que “nadie parecía querer ganar”.

 

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